Lo spazio dell'opinione. Le riviste di cultura e politica in Europa

Santos Julià, "Revista de Occidente"

Gli intellettuali e la politica: Spagna

(versione non rivista dall'autore)


"Los intelectuales ¨ aparecen en España pisando los pasos al "nacimiento" de los intelectuales en Francia y por un motivo muy similar: la protesta contra un abuso de poder por parte del Estado. En Francia fue el affaire Dreyfus, en España las torturas de Montjuich. Como en Francia, los intelectuales españoles pretenderán, desde mediados los años diez, constituirse como una minoría socialmente desligada, según la definió Mannheim y, de nuevo siguiendo el ejemplo francés, el intelectual comprometido surgirá a principios de los años treinta como forma de presencia política de la generación nacida a comienzos de siglo. La guerra civil y la larga dictadura que fue su consecuencia quebró el espinazo a esa generación y dejó todo el terreno a los católicos, un tipo de intelectual comprometido que presentó en España características propias, como instrumento de la propaganda del Nuevo Estado y, luego, como disidente. Finalmente, en el último cuarto de siglo, de silencio y domesticacion de los intelectuales se habló tanto en España como en Francia y por un motivo similar: la llegada de los socialistas al poder -1981 en Francia, 1982 en España- los habría dejado mudos.

En resumen, intelectual de la protesta en la crisis de fin de siglo, intelectual como minoría selecta en el periodo de entreguerras, intelectual católico durante la dictadura del general Franco, intelectual silencioso desde la consolidación de la democracia serán cuatro de los tipos principales que han definido con su presencia la historia de la relación entre intelectuales y política en la España del siglo XX. Las páginas que siguen están destinadas a presentar los rasgos más sobresalientes de esos cuatros tipos o figuras de intelectual.

Intelectual de la protesta. "El intelectual ha aparecido y frente a su mirada escrutadora no prevalece la mentira", escribió en 1899 Ramiro de Maeztu , saludando la aparición de este nuevo personaje y, en efecto, así fue como se interpretaron los literatos, publicistas y profesores que comenzaron a identificarse entre sí y por el público como intelectuales en los últimos años del siglo XX: estaban allí para que la mentira no prevaleciese, lo que es decir para la defensa de valores universales. Autoinvestidos de la autoridad que de esa defensa se derivaba, los intelectuales se dispusieron a hacer abundante uso de las armas que por profesión tenían en sus manos: la escritura y la palabra.

Estos intelectuales se dieron a conocer como tales en las campañas de protesta contra las detenciones y torturas infligidas en el castillo de Montjuich a los anarquistas detenidos con ocasión del atentado del Corpus en Barcelona y engrosaron con sus escritos la amplia literatura regeneracionista que cundió como una plaga tras las derrotas navales ante Estados Unidos en Filipinas y Cuba y la pérdida de las últimas colonias. Su arma preferida fue el artículo periodístico, el manifiesto que se pasaba a la firma, la conferencia, el libro y, en alguna célebre ocasión, la encuesta. No les agradaba nada la idea de formar agrupaciones, y ni siquiera asumieron por sí mismos la iniciativa de publicar revistas o periódicos propios. Tampoco dieron muestras de una gran coherencia política, transitando muy rápidamente desde discursos socialistas y anarquistas a posiciones reaccionarias o conservadoras. Aterrados por la irrupción de la masa, desconfiaron de su capacidad política y rompieron con la tradición liberal inventando un relato de la historia de España , no como una nación decaída que recuperaría su vigor cuando el pueblo reconquistara sus libertades, sino como una nación muerta que esperaba el día de la resurrección.

La conciencia de ser y definirse como intelectual en estos escritores que formarán la generación del 98 emergió como contrapunto de una visión de la sociedad dividida en una mayoría amorfa, ignorante, pasiva, ineducada, grosera, fácilmente manipulable por los políticos, y una minoría dotada de inteligencia y sensibilidad, desdeñosa de la política y formada por esas personalidades capaces de elevar una voz individual frente a la masa. De este hecho, que está en la raiz de la concepción que de sí mismo tenía el intelectual a comienzos del siglo XX, se derivarán consecuencias para la actitud que adopte ante la sociedad y la política de su tiempo, ante todo, el extremado individualismo que alguno de ellos elevará a categoría filosófica y del que todos dejaron abundante testimonio. Lo individual es la única realidad en la naturaleza y en la vida, escribió Pío Baroja en una de sus divagaciones transcendentales. " Los que en 1898 saltamos renegando contra la España constituida y poniendo al desnudo las lacerías de la patria, éramos, quien más, quién menos, unos ególatras", reconocerá años después Miguel de Unamuno. "Cada uno de nosotros buscaba salvarse como hombre, como personalidad", escribe en otra ocasión, cuando se pregunte sobre el destino de "los que hace veinte años partimos a la conquista de una patria" y se respond a que "sólo nos unían el tiempo y el lugar, y acaso un común dolor: la angustia de no respirar en aquella España". Compartían la desesperación cultural tan característica del fin de siglo, mezcla de un dolorido nacionalismo y de una inquietud ante la cara fea de la modernidad,, la emigración, la aparición de las masas, la urbanización.

Esta manera de presencia en la esfera pública tuvo inmediatas repercusiones en la concepción de su obra como escritores, pero lo que interesa destacar en el actual contexto son los efectos que en su relación con la política. La primera fue la de reivindicar una función propia, la de indicar el camino a la masa: el "animal doméstico" que Miguel de Unamuno identifica con el pueblo necesita del pedagogo que lo europeice. "La minoría de europeos, nacidos y residentes en España, tenemos el deber y el derecho fraternales de imponernos a las kabilas", dijo en un discurso pronunciado en 1902 que paradójicamente le ha valido fama de liberal. Martínez Ruiz, pronto conocido como Azorín, no tenía menos clara la misión que como fatalidad impuesta por la naturaleza de las cosas recaía sobre el intelectual: alguno tendrá que ser el educador de la masa proterva, "y ese educador tiene que estar alto, para imponer una enseñanza que la masa quizá rehusara". "Es el intelectual, -no el poeta de ojos tristes, ni el guerrero de cuartel, ni el empleado deleznable, ni el negro sacerdote- es el intelectual quien señala orgulloso el camino", escribe Maeztu entusiasmado por ese nuevo ser, situado por encima de la torpeza y cobardía generales y portador de un ideal integrador de regiones antagónicas y clases en pugna. Y si la masa es renuente para recibir esa educación, no quedará más que blandir "la palmeta de dómine y el látigo del domador".

Corresponde, además, a los intelectuales la tarea de juzgar a los políticos profesionales, liquidando el periodo de ósmosis entre dirigentes políticos y figuras intelectuales que -como ha señalado Carlos Serrano- había caracterizado a la Restauración. Para estos nuevos intelectuales, el tiempo en que los hombres de intelecto eran al mismo tiempo dirigentes políticos ha terminado. En ellos, el postulado de una masa infame arrastra siempre el correlato de unos políticos abyectos. ¿Qué son los "jefes ilustres" de los partidos sino unos "santones que tienen que oficiar de pontifical en las ocasiones solemnes"?, pregunta Unamuno. Hampones de la política con el cerebro vacío, llama Baroja a quienes habían llevado a España a la decadencia más absoluta. Y Azorín escribe: "no hay cosa más abyecta que un político".

Por supuesto, la política es en sí misma empresa indigna de los intelectuales, de la gente con cerebro, pero este desprecio hacia la política tampoco constituye una diferencia española ni habría que vincularlo demasiado estrechamente con la Restauración y sus políticos. Después de leer a un puñado de autores franceses, alemanes, ingleses, se preguntaba Edward Shils por qué "los escritores, los historiadores, los filósofos y otros intelectuales, grandes algunos e interesantes todos ellos, sentían tanta aversión hacia sus propias sociedades y hacia los dirigentes que las gobernaban", y no encontraba razón válida que diera cuenta de esa característica universal del intelectual de fin de siglo, que en España adquiere peculiares acentos a partir del desastre del 98 pero que venía arrastrándose desde la frustrante experiencia del sexenio democrático.

Como inmediata secuela de ese horror a la masa y a los políticos que la representan, los primeros intelectuales sustantivados se mostrarán contra la democracia y proclives al poder fuerte. En el decenio 1890-1900, era un lugar común considerar que Europa había entrado en un irresistible declive arrastrada por esa nueva entidad llamada masa. En este clima moral, no fue difícil establecer una rápida ecuación entre masa y perversidad de la democracia. Si la masa era número y si el número decidía la formación de los gobiernos, entonces los gobiernos estaban por definición afectados del mismo daño que la masa. Una y otra vez, los autores de fin de siglo vuelven a la idea de la democracia como dañada en su raíz por el hecho de basarse en el sufragio universal, convicción adquirida antes de haber podido sentir el influjo de Nietzsche, aunque reforzada inmediatamente por las traducciones que del filósofo alemán llegaban de Francia y por el impacto que Degeneration, de Max Nordau, produjo entre los jóvenes literatos españoles. La democracia, escribe Azorín comentando a Baroja, es un ensueño; la muchedumbre ha de ser siempre regida, sojuzgada. Azorín compartía la visión que de la sociedad había cultivado su amigo: en la cumbre, una selección de hombres que se regirán por el libre acuerdo; abajo, en el fondo, estará la masa necesitada de la ley. No era dificil sacar de estas premisas una obligada conclusión ante la que estos literatos no se detienen: "si después de esto queremos precisar más y determinar cuál es el regimen político que se deduce de esta concepción de la sociedad, veremos que no podrá ser otro que un poder fuerte, audaz, incondicional, que se imponga al universal desconcierto de voluntades y pasiones".

"¿A santo de qué ha de ser demócrata la aristocracia del cerebro?", se pregunta Maeztu; y Martínez Ruiz, en un texto ejemplar aunque no único, concretará todavía más la pregunta: "¿Para qué votar? ¿Para qué consolidar con nuestra blanca papeleta cándidamente al Estado?". La respuesta no sorprenderá a nadie: tras arremeter contra el Estado que esquilma a los trabajadores y labriegos, Martínez Ruiz llega a la conclusión de que "la democracia es una mentira inicua. Votar es fortalecer la secular injusticia del Estado. Ni señores ni esclavos, ni electores ni elegidos, ni siervos ni legisladores. Rompamos las urnas electorales y escribamos en las encarecidas candidaturas endechas a nuestras amadas y felicitaciones irónicas a cuantos crean ingenuamente en la redención del pueblo por el parlamento y la democracia". Y Baroja, identificado ya con uno de sus personajes, confesaba no saber si había "alguna cosa más estúpida que ser republicano" y no veía ninguna otra que "el ser socialista y demócrata". Nada de extraño, pues, que proponga la supresión pura y simple del sufragio universal o que alardee de hablar mal de la democracia política, "la que tiende al dominio de la masa y es un absolutismo del número". Unamuno, por su parte, tras insistir en su conocida tesis de que la sociedad española era bárbara más que degenerada, consideraba que el problema político español consistía en una contradicción entre cultura y libertad y reprochaba a los liberales del siglo XIX haber luchado por ésta olvidándose de aquella cuando, como todo el mundo sabía, "con libertad no se hace conciencia". "¡Democracia! ¡Soberanía popular! ¿Y qué es eso?", se pregunta escéptico ante esas muchedumbres a las que ve dirigirse sonámbulas y tan contentas al precipicio, a no ser que el intelectual se plante ante ellas, las sacuda y las despierte.

Naturalmente, la actitud antidemocrática se complementaba con la exigencia de un poder superior no sujeto a los vaivenes de la multitud. Como si quisiera desmentir por adelantado a la legión de estudiosos que lo presentan como un liberal, Baroja escribió en 1903 que "en España no debemos ser liberales". Y para que no quedaran dudas, creyendo en la necesidad de coacción para sacar a la masa de su incultura general, añadió: "queriendo ser fuertes no podemos ser liberales; debemos ser autoritarios y evolutivos". La revuelta contra la masa y contra la democracia de masa se expresó en estos literatos transmutados en intelectuales como suspiro por "el hombre", el "buen tirano", el "cacique prudente y morigerado", el "tutor de pueblos", el "héroe", el "redentor", el "superhombre" o, más directamente, "los fuertes", el dictador que arregle todo esto. Por cierto, los literatos españoles no andaban solos en estas creencias. Un personaje de Knut Hamsum afirmará lo mismo con más crudeza: "Creo en el líder nato, el déspota natural, el amo, no el hombre que es elegido, sino el hombre que elige por sí mismo ser el guía de las masas".

La intelectualidad como minoría selecta. Habrá que dejar pasar unos años todavía para que la protesta que el intelectual pronuncia por la palabra y el escrito, y que se difumina una vez apagados sus ecos en las tertulias y en las páginas de los periódicos, aspire a permanecer en el tiempo como acción continuada y sostenida en alguna forma de asociación de intelectuales. Unos años y algunas experiencias que modifiquen la percepción de la relación entre intelectual y masa en la que habían basado su presencia y su función los intelectuales durante la crisis de fin de siglo. Entonces, el intelectual se sentía poco seguro de su puesto en la sociedad, rodeado de una masa ignorante, angustiado por la decadencia de la nación y la degeneración de la raza. Afirmó enfáticamente su independencia y, a la vez, su aislada superioridad, pero salvo ocasiones esporádicas no se sintió parte de una categoria social, segura de sí, disponiendo de recursos para la acción. De ahí que lo fiara todo a su palabra, pero que renunciara, apenas ponía manos a la obra, a la organización.

Esto es lo que cambia a partir de 1909, año en que el sistema de la Restauración sufrió una grave crisis a raiz de la Semana Trágica de Barcelona y de la quiebra de la política de turno pacifico entre liberales y conservadores; año que marca también una divisoria en la percepción que los intelectuales tenían de sí mismos y de la política. No por casualidad, será otra vez Ramiro de Maeztu quien lo exprese con más perentorios acentos. Desde julio de 1909, dijo en el Ateneo de Madrid, sabemos que la revolución española ha empezado a operar con independencia de nuestras clases intelectuales. Es hora, por tanto, de pensar de nuevo qué son los intelectuales y para qué sirven. Y Maeztu observa que los intelectuales comenzaban a surgir en España no ya "como aerolitos venidos del cielo y monstruos de la naturaleza, sino de un modo sistemático y enlazándonos los unos en los otros en la cadena ideal de maestros y discípulos".

La nueva generación de intelectuales de la que habla Maeztu estaba formada en su núcleo central por los jóvenes que comenzaban a salir a universidades europeas pensionados por la Junta para Ampliación de Estudios y que conseguían a su vuelta una plaza de catedrático o una destacada posición en el ejercicio de su profesión. Muchos de ellos poseían una formación técnica y dispondían de una base institucional más firme que la de los literatos llegados en las últimas décadas del siglo XIX a la capital en busca de gloria y fortuna. Sobre todo, dice Maeztu, esos nuevos intelectuales tendrán un guía seguro en la estrella emergente a la que invita a ponerse en cabeza y marcar el camino, José Ortega y Gasset.

Ortega, en efecto, se convertirá casi de inmediato en el pensador de la minoría privilegiada de esta gente joven, la que aprende alemán, inglés o francés y amplía estudios en el extranjero. Esta gente nueva no se cree degenerada ni disfruta tumbándose en los cementerios, todo lo contrario. Rey Pastor, que era solo cinco años más joven que Ortega, la recordaba como una "generación vigorosa y optimista, extrovertida hacia la alegria de la vida"; una generación que se había propuesto trabajar con tesón hasta lograr "el ingreso de España en comunión internacional de la ciencia". Es, por cierto, lo que esa generación, que es también la de Pío del Río Hortega, Blas Cabrera, Nicolás Achúcarro, conseguirá en muy poco tiempo. Antes de la Gran Guerra, ya andaban todos por Francia, Alemania, o Estados Unidos; e inmediatamente después será habitual que científicos europeos impartan cursos y conferencias en Madrid y Barcelona, capitales que a mediados de los años veinte se habrán convertido ya en paradas del circuito internacional de conferencias. Como ha señalado Thomas Glick, a partir de 1910 comenzaba a constituirse en España una limitada pero muy activa comunidad científica acostumbrada al encuentro con científicos extranjeros del calibre más elevado.

A ellos es a quienes se dirige Ortega en su célebre alegato de 1914 contra la vieja política. Lo hará para algo diferente a la mera protesta. En el prospecto que anuncia la creación de la Liga de Educación Política Española y en la conferencia que Ortega impartirá para denunciar la vieja política y proponer la nueva, el énfasis no recae ya en la protesta sino en la acción. No en la acción política, si por tal se entiende la de los partidos, sino en la que se dirige a crear "órganos de socialidad, cultura, técnica, mutualismo, vida, en fin, humana en todos los sentidos". No que Ortega desdeñe la política o no quiera hacerla, sino que de acuerdo con su percepción de la escasa densidad de la sociedad española, la nueva clase tiene que echar sobre sus hombros una tarea previa: hacer sociedad, organizarse como minoría selecta para educar a la masa.

Al debate en torno a si la clase intelectual debía formar una liga o un partido, suscitado por Joaquín Costa a finales de siglo XIX, Ortega ofrece con la distancia de más de diez años una respuesta clara: una liga de intelectuales, no un partido, pues no era el momento de hacer política como utilización de recursos para "captar el Poder". No era el poder, ni el gobierno, lo que importaba, sino el trenzado de la trama sobre la que después se podrá ascender desde una sociedad más densa hasta un Estado más eficaz. Ortega pospone la urgencia de conquistar las instituciones, en favor de la organización de la minoría selecta en el terreno que le es propio: la reconstrucción, en nombre de la emergente clase profesional, de un discurso de totalidad, un discurso de nación, que la legitime para emprender la gran tarea de educar a la masa.

El prospecto de la Liga de Educación Política y la conferencia "Vieja y Nueva Política" constituyen la presentación de esta nueva "intelectualidad" en la vida pública. Los que eran muy jóvenes en el 98 afirmaban así su propia identidad, tomando clara distancia de la generación que por entonces llevaba ya colgado a la espalda el año del desastre. Habían sustituido el ensimismamiento castizo por una preocupación europea: fue la primera generación que salió en masa a estudiar en universidades extranjeras. En su mayoría, no regresaron como literatos, sino como catedráticos, profesores, médicos, ingenieros, científicos, abogados. A diferencia de sus mayores, tuvieron muy pronto conciencia de comunidad, de formar parte de una elite. Criticaron de los literatos, a quienes por lo demás admiraban, la egolatría y el exhibicionismo y no mostraron ninguna repugnancia a la organización, antes al contrario, sintieron como una exigencia de su condición la necesidad de organizarse. Sin desdeñar el artículo periodístico, se dedicaron también a escribir libros políticos y promovieron publicaciones y editoriales destinadas al conjunto de las clases profesionales. No experimentaron los vaivenes ideológicos de sus mayores: fueron liberales, o nuevos liberales, que tras acercarse al socialismo acabaron identificando democracia con república; raramente pasaron por una etapa anarquista o revolucionaria en su juventud. Nunca abominaron de la ciudad, consideraron la política como una especie de destino inevitable y no se les ocurrió renegar de la democracia. Construyeron su discurso predominante como una variación de la gran metáfora de las dos Españas, oficial y real, vieja y nueva, que sirviera de figura retórica para impulsar una movilización que abriera los caminos de un proceso constituyente.

Y para ese empeño, era menester una Liga, una revista, un periódico. A diferencia de lo ocurrido con anteriores protestas de intelectuales, Ortega causó en aquel teatro de la Comedia, tal como lo recuerda uno de sus oyentes, Ramón Carande, una enorme impresión. Los aplausos fueron estruendosos, las adhesiones numerosas, las promesas orales incaculables. Un joven que le escuchaba, Luis García Bilbao, fue a verle y puso a su disposición el dinero que había recibido en una reciente herencia con objeto de que promoviera la política preconizada en la conferencia. Ortega fundó con ese dinero la revista «España» "nacida del enojo y la esperanza, pareja española", la hacían gente, "ni del todo moza ni del todo vieja", que había asistido desde 1898 al desenvovimiento de la vida española sin haber recibido en ese tiempo más que impresiones ingratas. Cuanto más patriotas éramos, más enojo sentiamos, sigue el saludo, que acababa por preguntar si lo que había detrás de todo aquello era un partido. No, "no somos de ningún partido actual porque las diferencias que separan unos de otros responden cuando más a palabras y no a diferencias reales de opinión. Hay que confundir los partidos de hoy para que sean posibles mañana nuevos partidos vigorosos".

De modo que con una conferencia lo que ahora se hace es preconizar una política, no expresar meramente una protesta; una política que comparte un grupo de inteectuales y que ha de buscar las vías para promoverse. Si quienes participan de ese proyecto rehusan formar un partido, lo lógico es que organicen una asociación y lancen una revista: Ortega es un gran incitador de revistas: «Faro», en 1909; «España», en 1915, «Revista de Occidente», en 1923, con el intermedio de «El Espectador», una revista personal. Pero hay algo más: convencido de lo que en alguna ocasión llamó el poder de la prensa, Ortega será también el primero en pensar un periódico diario que permita a un grupo de intelectuales cumplir la tarea de constituirse como minoría selecta. El no se prodiga en periódicos diversos: es colaborador asiduo de uno sólo. Lo es hasta 1917 de «El Imparcial», al que está unido por vínculos familiares. Pero lo será a partir de ese año de «El Sol», de cuya fundación es parte, después de romper con «El Imparcial». Sabe bien lo que se necesita: un diario capaz de "adquirir el complejo organismo de los nuevos periódicos mundiales". Para lograrlo, dos cosas le parecen imprescindibles: un fuerte aumento del capital social y una voluntad inequívoca de mantener la publicación libre de toda proximidad con persona o partido político alguno. El nuevo diario, que prepara con Nicolás Urgoiti, presidente de Papelera Española, debe contar con capital suficiente para garantizar "la más arisca independencia" de manera que ni halague a los poderosos e influyentes ni ceda en las horas confusas ante la muchedumbre, forzado a acrecentar su venta por medio de la adulación populachera. Dos peligros que cuentan por igual para esa nueva clase, o minoría, que pretende constituir como un especie de fermento de la masa. El periódico, escribe Ortega, ha de ser un creador o educador de opinión, no un siervo de ella.

Ortega llegó al nuevo periódico con un grupo de intelectuales que se ocupaban de distintas secciones y que mantenían por la tarde reuniones con miembros del consejo de dirección en una sala reservada a la que no accedían los "periodistas de mesa" que, despechados, llamaban a aquella sala el Olimpo. Más allá de la redacción, los colaboradores más importantes hacían doblete al frente de las diferentes secciones en las que quedó organizada la Compañía Anónima de Librerías, Publicaciones y Ediciones, CALPE, otra iniciativa de Urgoiti para la que contó con la activa colaboración de filosófos como Ortega y García Morente, publicistas como Luis Bello, pedagogos como Lorenzo Luzuriaga, científicos como Ramón y Cajal, ingenieros, como Terradas.

Una gran empresa papelera, un periódico, una editorial y unos colaboradores fijos: comienza así a rodar lo que Ernesto Giménez Caballero dibujó en los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera como constelaciones de intelectuales en torno a grandes medios de comunicación. Y ahí radicamente precisamente la novedad que aporta la generación de 1914 a la relación de los intelectuales con la política. Los intelectuales ya no son figuras individuales, cada cual a la búsqueda de un periódico o de una revista, para colocar su artículo: ahora hay una afinidad, una cercanía moral e ideológica entre el grupo de intelectuales que da un tono a cada gran periódico en las secciones de opinión. Además, no son sólo ni principalmente literatos, como ocurría con sus predecesores del 98; entre estos del 14 hay de todo: filósofos, pedagogos, científicos, economistas, ingenieros, que escriben acerca de y escriben de su competencia. En tercer lugar, no viven exclusiva ni principalmente de lo que consiguen publicar en la prensa; suelen ser funcionarios o profesionales, muchos catedráticos de universidad. En fin, el núcleo de intelectuales que colaboran en el periódico será también el que asesore o dirija otros empeños editoriales de la misma empresa y el que se encuentre en la tertulia de la redacción de Revista de Occcidente.

Si a la generación del 98 debe la figura del intelectual su carga de protesta, a la del 14 deberá su percepción como categoría con una tarea colectiva que no consiste en hacer política sino en hacer sociedad por la fundación de ligas, por la publicación de revistas, por la presencia en medios de comunicación. También por la salida a la política cuando las circunstancias lo exigieran. Es lo que ocurrirá en 1930, cuando la caída de la dictadura de Primo de Rivera anuncie la quiebra de la monarquía. En ese año, crucial para una historia de los intelectuales en España, todos sienten la urgencia y la obligación de "definirse": ya no quedaban posiciones intermedias, había que estar por la república o por la monarquía. Y Ortega y el grueso de la generación de 1914 se definió, unos antes y otros después, pero finalmente todos, por la república. La consigna que cierra esta etapa provino también de Ortega: su delenda est Monarchia data de 15 de noviembre de 1930. Unos meses después la monarquía se derrumbaba como resultado de unas elecciones convocadas para cambiar los ayuntamientos.

Tareas del intelectual católico. Intelectuales de la protesta, intelectualidad como minoría selecta: estas son las figuras de intelectual que tendrá ante los ojos el canónigo de la catedral de Granada Rafael García y García de Castro cuando se pregunte en 1934: "¿Qué entendemos por intelectuales?" y ofrezca una respuesta que vale como un tratado sobre su presencia en España: "Desde hace algún tiempo, ese nombre ha circulado en las corrientes de la moda y se ha aplicado por antonomasia a los escritores de ideas o de tendencias marcadamente izquierdistas". Para un clérigo de los años treinta, intelectual era de tiempo atrás un escritor de izquierda, concepto éste también cargado de sentido pues resumía en una sola voz todo lo contrario a lo nacional, lo cristiano y lo español. Nada de extraño, por tanto, que en los días "de agitación y tumulto" de la República, intelectual evocara en la mente del canónigo "el cuadro de desolación apocalíptica, en que se abre el pozo del abismo, y sale de él el humo que oscurece al sol y las langostas que asuelan la tierra".

Y es que, si otra cosa no, los intelectuales habían logrado al menos empujar la cultura española hacia su homologación con las corrientes predominantes entonces por Europa. Aquella europeización por la que clamaba Costa y que Ortega convirtió en meta de su generación se había mostrado ya en un rápido proceso de secularización. A pesar de la abrumadora presencia de la Iglesia, con su densa red de instituciones educativas en la que quedaban atrapados los retoños de las clases medias, es sorprendente hasta qué punto fue laica la cultura dominante entre estas generaciones del primer tercio de siglo. La Iglesia había perdido de antiguo a la clase obrera, pero su influjo sobre el sector de la clase media que protagonizó la Edad de Plata de la cultura española era realmente nulo.

Lo que preocupaba a los hombres de Iglesia, sin embargo, no era tanto la distancia que aquellos izquierdistas extranjerizantes habían tomado respecto a la religión, como la influencia social que les atribuían mientras los católicos quedaban al margen, "sin participar en la gobernación del Estado". Era una percepción compartida por los intelectuales de las dos grandes corrientes del catolicismo político que habían asistido perplejos a la proclamación de la República en 1931. Los que venían del tradicionalismo y del alfonsismo, y acabaron confluyendo en «Acción Española», daban por supuesto que los enemigos de la religión y de la patria habían ido ocupando todos los puestos desde los que lograron extender una opinión pública contraria a la Iglesia: la propaganda oral y escrita, la prensa y la cátedra quedaron en manos enemigas. Los que procedían del catolicismo social y de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), y se declararon accidentalistas ante las formas de gobierno, no se distinguían un ápice en este punto de los monárquicos tradicionalistas: decían en uno de sus manifiestos que mientras el pensamiento católico llevaba en España un cuarto siglo de ausencia, las fuerzas enemigas, inspiradas impíamente por el relativismo y el evolucionismo habían podido preparar un triunfo que se reflejaba en su dominio de las instituciones, la administración, la prensa, la posesión del poder, la Universidad, la calle y el cuartel.

Fuera cual fuese su procedencia, los intelectual es católicos estaban convencidos de que, tras medio siglo de ausencia en el campo del pensamiento, el enemigo había conquistado todas las posiciones. Ahora bien, si la República mostraba la profundidad del daño causado por los intelectuales a la religión y a la patria, su existencia misma debía servir de acicate para despertar del plácido sueño en que vivían desde los tiempos de Cánovas. La República, dicho de otra forma, debía entenderse, a la manera de Angel Herrera - fundador de la ACNP y alma de «El Debate» - como felix culpa: como "dichosa persecución que está levantando esta magnífica reacción católica en todo el país", una especie de azote enviado por Dios con la doble intención de castigar a los suyos por su pereza e inhibición y, simultaneamente, despertarlos, llamarlos a la acción para "luchar como valientes cruzados hasta la última trinchera".

Porque la redención de la culpa no será plena hasta que los católicos despierten y pasen a la acción. En este punto, de nuevo, las posiciones de los dos principales viveros de intelectuales católicos de los años treinta y cuarenta no estaban lejanas. Los hombres de Acción Española entendían su misión como una reconquista, una cruzada que restaurase la gran España de los Reyes Católicos y de los Austrias a partir de una nueva Covadonga. Nadie debía arredrarse ante las consecuencias últimas de la llamada a la acción: los católicos gozaban de un "derecho a la rebelión". Los hombres de Acción Popular participaban de idéntica mentalidad de sitio y compartían la visión de la tarea pendiente como la de una reconquista del terreno cedido al enemigo. Había que dar publicidad al pensamiento moderno y católico, lanzar campañas orales y escritas, pelear en la avanzada de la contrarrevolución: una reconquista, de acuerdo con el manifiesto de sus intelectuales, que debía dar lugar a un renacimiento. Voces como guerra, cruzada, reconquista son las que definen las propuestas de acción emanadas de los círculos intelectuales de las dos grandes corrientes de la política católica.

De manera que los intelectuales católicos, fueran monárquicos o accidentalistas, compartían algo más que el diagnóstico de una situación. Para empezar, estaban de acuerdo en que el enemigo había dominado todo el terreno; que ese enemigo tenía un nombre propio, genérico, los intelectuales, traidores y claudicantes, como los veía Pemán, o específico, la Institución Libre de Enseñanza, cáncer que corroe a la Universidad, nido de masones y extranjerizantes, como repetían todos; que el propósito del enemigo consistía en descatolizar España; que era urgente despertar y pasar a la acción, dando batalla en todos los órdenes de la vida pública con objeto de reconquistar las posiciones perdidas; que, en fin, esa acción debía organizarse a partir de círculos o sociedades que impulsaran a sus miembros a actuar de manera solidaria. En todos estos extremos, nada diferencia al núcleo de intelectuales de Acción Española de los que se reunen en torno a Acción Popular.

Y es esta decisión de pasar organizada y colectivamente a la ofensiva para conquistar posiciones de poder desde las que imponer su política lo que diferencia radicalmente esta manera de ser intelectual de todas las precedentes. En España, la guerra civil y la derrota de la República dieron lugar a la aparición de un plantel muy especial de intelectuales comprometidos, no con el socialismo y la Unión Soviética, sino con el fascismo y la Iglesia, en una fusión que los más exaltados presentaban como específica de España y camino por donde al fin habrían de marchar todos. Pero la definición del papel del intelectual, el tipo de compromiso, sus vínculos con el poder, y su presencia en los medios de comunicación son idénticos. Lo que la define es que detrás de la floración de revistas y periódicos que le sirven de tribuna, el intelectual católico, en mayor o en menor medida fascistizado, hay un poder de Estado totalitario o que aspira a serlo. El intelectual está entonces no solo al servicio de un partido o de una fe sino de una empresa de dominación.

Por eso, cuando Franco formó en 1938 su primer gobierno, Serrano Suñer, nuevo ministro del Interior y hombre fuerte de la Falange unificada, encargó a un joven intelectual fascista, Dionisio Ridruejo, la dirección del Servicio Nacional de Propaganda del nuevo Estado. Ridruejo recurrió entonces a un grupo de intelectuales que habían establecido desde el comienzo de la guerra relaciones de estrecha amistad basadas en el común ideario falangista. Pedro Laín ha contado los encuentros, en San Sebastián, en Salamanca, en Pamplona, en Burgos, de los que salieron "amistades para siempre". Los amigos son Ridruejo, Torrente, Foxá, Rosales, Tovar, Jiménez Díaz, Serrano, Vivanco, Viñamata, Giménez Caballero, d'Ors: un puñado, pues, en el que hay de todo, ensayistas, novelistas, poetas, médicos, filólogos. Cuando hay que organizar el servicio de Prensa y Propaganda, esos amigos ocupan posiciones: uno se hace cargo de ediciones, otro de prensa, otro de propaganda, otro de radio, otro de teatro. Lo que interesa es que son intelectuales al servicio de una causa y que lo que escriben y propaguen, y los medios de que se valen para escribir y propagar, tendrán el apoyo del Estado, se realizan con recursos públicos y se ponen al servicio de la legitimación de las instituciones del Estado.

Lucharon, conquistaron todo el poder con una guerra por medio, y lo llenaron todo, arrasando no sólo a los intelectuales de su propia generación que, como Rafael Alberti, María Zambrano, José Bergamín, habían abrazado la "causa del pueblo", sino a los de la generación anterior, sus mayores, que hubieron de tomar el camino del exilio o, si permanecieron en España, guardar silencio. Como recordaba uno de estos jóvenes católicos, quizá el menos fascistizado de todos ellos, José L. López Aranguren, "en España no quedaron más que los católicos, los que exteriormente pasaban por tales o los que guardaban un prudente silencio sobre la cuestión". Y el mismo Aranguren, que representará luego la figura del intelectual católico disidente, escribiendo en 1957, se recreaba en la idea de que durante un cuarto de siglo España había asistido a una verdadera primavera católica. Prácticamente todos los escritores de su generación -la generación que llama de 1936, la de quienes durante la guerra fueron movilizados- "hemos sido católicos".

Católicos por todas partes, pues, pero católicos muy pronto divididos en confinados y arrojados, como los definirá el mismo Aranguren, en excluyentes y comprensivos, como lo había dicho antes Dionisio Ridruejo. Confinados o excluyentes, los primeros transformaron el relato de las dos Españas en el de una sola España verdadera, vencedora de la anti-España. La guerra civil se tomó como una especie de veridicto transcendental a la manera que la había teorizado el episcopado español: como enfrentamiento cósmico entre dos principios excluyentes; el triunfo de la cruz significaba el exterminio de sus enemigos. Su léxico fue revelador: depurar, purgar, expurgar, liquidar, arrasar. Los arrojados o comprensivos pretendieron integrar el discurso de los vencedores lo que fuera aprovechable de los vencidos. Cierto, se habían equivocado, y su error había conducido a España a la catástrofe, pero algo había en ellos susceptible de integración en la nueva España que emergía después de tres años de guerra.

En la desigual batalla emprendida entre unos y otros perdieron el poder los comprensivos, aunque su derrota política se convirtió pronto en un triunfo moral. Desalojados del gobierno, pasarán a interpretar la función del intelectual -del único entonces existente, el católico- como la de crítico del poder, de todo poder, como disidente. Pero ser disidentes hacia mediados de los años cincuenta les abocaba a un encuentro con el exilio -del exterior o del interior- y a abrir los oidos a la nueva generación universitaria, la que salió por vez primera a la calle en los sucesos de febrero de 1956 en la Universidad de Madrid. A ese encuentro se debe la transformación del discurso de la guerra civil, que de una guerra contra el invasor, de España contra la anti-España, una guerra por tanto de exterminio, pasó a recitarse como guerra entre hermanos, guerra fratricida de la que era menester olvidarse si se pretendían reconstruir la bases de una comunidad política. La exigencia de amnistía, que implicaba la decisión de echar al olvido el pasado, la política de reconciliación, el encuentro entre quienes se identificaban como hijos de los vencedores y de los vencidos, comenzó a formar parte del discurso de los jóvenes intelectuales que muy pronto encontraron en su camino a esos otros comprensivos de la generación anterior. Fue sobre ese lenguaje, macerado en la oposición, sobre el que se construyó luego la política de transición a la democracia, con sus insistencia en la amnistía, la reconciliación, la transacción, el fin, en definitiva, del discurso de las dos Españas, viejo de más de un siglo.

En todo caso, el compromiso de estos arrojados, de estos comprensivos, y de los jóvenes que con ellos dialogaban, se identificó con la disidencia, con el rechazo del poder, más que con una crítica de la política; una identificación que quedará luego como característica de cierto tipo intelectual español, moralista, perezoso a la hora de criticar políticas concretas, muy rápido en condenar el gobierno, todo gobierno, en medir no ya a todos los políticos por el mismo rasero sino en equiparar como similares diferentes régimenes. La medida en que finalmente esta figura de intelectual, con su carga moralista o ética, con su pretensión de erigirse en conciencia colectiva, en voz de los sin voz, devenido finalmente crítico privilegiado del poder -venga el poder de donde venga- haya pesado sobre la presencia pública de los intelectuales durante la transición y consolidación de la democracia es cuestión abierta. Pero lo que parece claro es que la propensión del intelectual a entender su función como productor de conciencia colectiva y, por tanto, como fuente de propuestas normativas, más que como investigador e intérprete de hechos que interesan al debate público, es una herencia cultural de las décadas en las que el debate intelectual más sofisticado consistió en España en dilucidar si Ortega fue o no una factoría de producción de ateos, cuestión que trajo de cabeza a intelectuales tan eruditos como Pedro Laín y Santiago Ramírez, O.P.

¿Silencio de los intelectuales?. Con todo, los últimos 25 años liquidaron por completo los restos de aquel monopolio cultural y dejaron a los intelectuales españoles ante los mismos problemas que afectan a sus colegas europeos o americanos: cambios en el campo intelectual, en los medios de comunicación y en el mercado de la ideas. Este cúmulo de cambios ha suscitado en la década de 1980, con la llegada de los socialistas al poder, la impresión de que los intelectuales habrían abdicado de su función y se habrían retirado a sus torres de márfil; se habrían vuelto silenciosos durante un tiempo hasta desaparecer por completo. Así se han expresado, al menos, destacados intelectuales españoles, que no se han cansado de repetir que los intelectuales -entre los que no se cuentan los denunciantes- se han callado por haberse sometido al poder.

Se trata, sin embargo, de una impresión que confunde la desaparición del gran intelectual comprometido, al modo en que en España se definió el intelectual disidente, con el fin de la especie. Pero una mirada a lo que ocurre hoy convence rápidamente de lo contrario. Como Michel Winock observaba en una entrevista reciente, si se compara «Le Monde» de los años 50 con el de hoy se notará la rareza de las intervenciones de intelectuales de entonces y la sobreabundancia ahora. Todos los días, decía Winock, «Le Monde» nos ofrece profesiones de fe, protestas argumentadas, análisis e indignaciones que nos llegan de profesores, ingenieros, médicos, funcionarios, como si -y esta es la clave de la cuestión- la función intelectual se hubiera democratizado. Si lo que Winock decía de «Le Monde», se dice en España, por ejemplo, de «El País», no habría que cambiar ni una coma: cada día sus páginas rebosan de presencia de intelectuales que opinan de política exterior, de política nacional, de cuestiones sociales, de cultura. Estamos, en efecto, ante una especie de necesidad generalizada de tomar la palabra de parte de mucha gente a propósito de las cuestiones más variadas. En lugar de desaparecer, los intelectuales se han multiplicado: ahí radica paradójicamente la razón de su presunta muerte, de su desaparición.

De todas formas, la impresión de que ya no hay intelectuales tiene que ver, ante todo, con la expasión sin precedente de la instrucción de masa y la elevación general del nivel de educación. El número absoluto de profesionales, que constituye la cantera de la que salen los intelectuales, se ha multiplicado a la misma velocidad en que el saber universalista ha sido sustituido por el dividido y especializado: las universidades españolas acogen hoy a un millón y medio de estudiantes. En consecuencia, la población intelectual aparece ahora mucho más diversificada y polivalente, lo que de forma inevitable arrastra el fin de los maitre a penser. En España como en Francia, el modelo del intelectual total de tipo sartreano envejece. Como se ha señalado en múltiples ocasiones, el discurso de los expertos hace cadudo el de los grandes intelectuales, agravado por la crisis del mandarinato y la pérdida de prestigio del universalista que ahora se dirige a un público entre los que se encuentran intelectuales mejor preparados que él.

No ha sido menos notable para la redefinición del papel de los intelectuales la caída del muro de Berlín, el fin del socialismo y, en consecuencia, la crisis de las ideologías de izquierda. En España, la figura predominante de intelectual durante el largo periodo del tardofranquismo fue la del disidente, procediera del catolicismo, como ocurría en la generación mayor, o viniera de una cultura más secularizada, como era ya normal entre los jóvenes protagonistas de las movilizaciones de 1956 y, más de diez años después, las de 1968/69. En todo caso, el intelectual era alguien que estaba contra el poder, lo que quería decir que su más destacada seña de identidad, que Aranguren erigió en axioma, era la del crítico del poder, de todo el poder, lo que casi siempre se vinculó a cierto grado de integración de una visión marxista de la sociedad y de la historia.

Por eso, el desprestigio de la vulgata marxista como ideología dominante y la ofensiva del pensamiento liberal con la tercera ola de democratización que afectó de lleno a España, exigió redefinir lo que un intelectual es y lo que de él se espera. Ya no cabía limitarse a cultivar el pensamiento de la sospecha, el que busca en lo oculto, por debajo de la apariencia, las causas profundas de una perversa conformación de la sociedad. Se produjo así, como primera reacción de perplejidad, aquella extendida sensación de silencio de los intelectuales que caracterizó la década de 1980. Repensar los lazos entre democracia y política; reiventar formas de debate público; aceptar el eclecticismo, el pluralismo reconocido de opiniones, la fragilidad de la posición propia; sustituir el dogmatismo de la ideología por la tentativa de la búsqueda llevó también en España su tiempo, un tiempo en que un buen sector de intelectuales echó una nueva mirada sobre la reciente historia con el propósito de liquidar los últimos restos de una diferencia española: de ahí nos viene el fin del lamento por la decadencia o la anomalia de España, de ahí también cierta autocomplaciencia por haber culminado lo que fue consigna de la generación de 1914, ser como los europeos, no más, pero tampoco menos.

Fue un tiempo, además, en que el mundo de la comunicación sufrió un trastrono radical por la invasión de lo visual. A la vez que se mutiplicaban las televisiones, surgieron grandes empresas de comunicación multimedia. Las constelaciones de intelectuales que Giménez Caballero dibujaba en 1929 girando en torno a los grandes periódicos podrían dibujarse ahora girando en trono a grandes empresas, con un diferencia. En 1929 se sabía quién era la figura dominante de cada constelación, se guardaban las jerarquías. Ahora, cuando terminaban los años ochenta, la jerarquía podía establecerse tal vez entre empresas, no entre intelectuales: ya no había grandes estrellas que con solo irradiar su luz atrajeran a su órbita de influencia a otras estrellas menores. Ahora la relación del intelectual con el medio es más individual, más asunto de cada cual, sin que pueda repetirse ni de lejos aquella figura de la intelectualidad como minoría selecta que fue a propia de los años veinte. De ahí cierta decepción en los que se tienen por grandes figuras cuando comprueban que sus intervenciones en el debate público sólo se cuentan como una más, que rara vez una intervención de un intelectual suscita un alboroto Mucho se ha hablado de que la aparición de instituciones para cultura de masas modifica la estructura de comunicación y mediación. No será preciso repetirlo aqui: fenómenos que han sido analizados en Francia, Italia o Estados Unidos son perfectamente idénticos a los ocurridos en España. Como ha señalado, entre nosotros, Emilio Lamo de Espinosa, la mediatización del producto ha adquirido más importancia que su naturaleza y calidad: el acto de creación pierde importancia en favor de la comercialización, acompañada de una gran concentración de poder en el vértice de vastas organizaciones del mercado cultural, mientras el intelectual sigue produciendo aisladamente. Esta transferencia implica disponibilidad por parte del intelectual de aceptar los vínculos sobre la naturaleza y el método de su propio trabajo impuestos por la industria cultural de masa. Y como la mediatización premia lo intempestivo, lo inmediato del diagnóstico, sobre todo en el campo del análisis social, el intelectual es requerido a producir sentencias cortas, titulares, sobre múltiples objetos y en muy corto tiempo. Acompañado de fuertes incentivos pecunarios, estos factores han alterado el ritmo tradicional del trabajo intelectual y la calidad del producto: mal síntoma que no sea ya un caso aislado el de un director de la Biblioteca Nacional que acepta sin rubor haber copiado en sus escritos páginas enteras de libros ajenos.

El problema no radica en uso que intelectuales hacen de los medios. El problema es que en la cadena de producción el mediador ha adquirido un peso enorme frente a productor y consumidor. Junto a creador clásico, surge el intelectual mediático como pensador del momento, el instante, la columna, un pensamiento necesariamente débil, no totalizador, eventualmente contradictorio. ¿Qué hacer? El compromiso en sentido histórico es impensable: se acabó el intelectual creador de mitos de salvación, conciencia de la multitud, comprometido con un partido o con la construcción de un Estado, aunque no, como hemos tenido ocasión de comprobar en España, el que arriesga en defensa de la victimas del terrorismo y es capaz de situarse al frente de una movilización social, como ha sido el caso de Fernando Savater. Pero, por lo demás, aquel gran intelectual bien acabado está. La primera tentación, tras su mutis, es la retirada a la torre de marfil, a la especialización. No hay en esta actitud una abdicación moral: la extremada especialización que requieren hoy determinados saberes puede llevar a estos intelectuales-sabios a retraerse en aquellos temas en los que no se sienten particularmente competentes. No que renuncien na sus derechos y deberes como ciudadanos, ni que asomen de vez en cuando aportando su firma o prestando su apoyo a tal o cual causa, sino que asumen su responsabilidad en ese ámbito de la misma manera y con el mismo titulo o competencia que un agricultor a que un electricista. En este sentido, los manifiestos de intelectuales no debían gozar de ningún plus de crédito o influencia.

En el extremo opuesto al intelectual sabio, retirado en su torre de márfil, se sitúa el intelectual mediático, con presencia muy notoria en España debido a las dos grandes confrontaciones politicas de los últimos años: la ofensiva de los conservadores contra los socialistas en la primera mitad de los años noventa; la polarización en torno a la cuestión nacional en Euskadi desde la formación de un frente nacionalista desde 1998. El resultado de esta presencia, de ese requerimiento, es ambiguo: de un lado, la reflexión de reconocidos especialistas en cuestiones políticas, constitucionales, históricas, eleva el nivel del debate público especialmente en los medios de comunicación escritos; de otros, la notoriedad en los medios audiovisuales se convierte en exigencia de pronunciarse en cada momento sobre todo, lo que da lugar también a cierta proliferación del ensayismo facil o de un periodismo de lo verosímil, que hace estragos entre nosotros. Instataneidad, fragmentación, omniscencia: su mejor campo en españa, la tertulia radiofónica; su resultado impreso, el libro estacional.

Habría que explorar, pues, un camino intermedio entre la retirada y la incorporación complaciente a los medios de comunicación. Consistiría en tomar de los primeros el rigor: es el compromiso moral con las exigencias de la propia especialización, del propio saber; pero no solo no eludir el debate público, sino enriquecerlo en aquellos terrenos en los que se sabe competente. Como ha escrito Timothy Garton Ash el papel del intelectual como crítico de un gobierno democráticamente elegido no puede equipararse al del intelectual como líder de la oposición contra un poder externo y totalitario. Si contra este, el intelectual ha asumido muchas veces el papel de luchador de la resistencia y sustituto de los políticos, ante aquel no cabe más que el desempeño de una función crítica guiado por la búsqueda de la verdad. No es una función heroica, ni siquiera áde guía; hoy todo es más simple: alimentar el debate público, enriquecer el espacio de lo público en la seguridad de que tal es la única vía para mejorar la calidad de la democracia.


copyright 2001 by Società editrice il Mulino

inizio pagina

 


copyright by Società editrice il Mulino
consultate la licenza d'uso
Per le opere presenti in questo sito si sono assolti gli obblighi
derivanti dalla normativa sul diritto d'autore e sui diritti connessi.