"Los intelectuales ¨
aparecen en España pisando los pasos al "nacimiento"
de los intelectuales en Francia y por un motivo muy similar: la
protesta contra un abuso de poder por parte del Estado. En Francia
fue el affaire Dreyfus, en España las torturas de Montjuich.
Como en Francia, los intelectuales españoles pretenderán,
desde mediados los años diez, constituirse como una minoría
socialmente desligada, según la definió Mannheim y,
de nuevo siguiendo el ejemplo francés, el intelectual comprometido
surgirá a principios de los años treinta como forma
de presencia política de la generación nacida a comienzos
de siglo. La guerra civil y la larga dictadura que fue su consecuencia
quebró el espinazo a esa generación y dejó
todo el terreno a los católicos, un tipo de intelectual comprometido
que presentó en España características propias,
como instrumento de la propaganda del Nuevo Estado y, luego, como
disidente. Finalmente, en el último cuarto de siglo, de silencio
y domesticacion de los intelectuales se habló tanto en España
como en Francia y por un motivo similar: la llegada de los socialistas
al poder -1981 en Francia, 1982 en España- los habría
dejado mudos.
En resumen, intelectual de
la protesta en la crisis de fin de siglo, intelectual como minoría
selecta en el periodo de entreguerras, intelectual católico
durante la dictadura del general Franco, intelectual silencioso
desde la consolidación de la democracia serán cuatro
de los tipos principales que han definido con su presencia la historia
de la relación entre intelectuales y política en la
España del siglo XX. Las páginas que siguen están
destinadas a presentar los rasgos más sobresalientes de esos
cuatros tipos o figuras de intelectual.
Intelectual de la protesta.
"El intelectual ha aparecido y frente a su mirada escrutadora
no prevalece la mentira", escribió en 1899 Ramiro de
Maeztu , saludando la aparición de este nuevo personaje y,
en efecto, así fue como se interpretaron los literatos, publicistas
y profesores que comenzaron a identificarse entre sí y por
el público como intelectuales en los últimos años
del siglo XX: estaban allí para que la mentira no prevaleciese,
lo que es decir para la defensa de valores universales. Autoinvestidos
de la autoridad que de esa defensa se derivaba, los intelectuales
se dispusieron a hacer abundante uso de las armas que por profesión
tenían en sus manos: la escritura y la palabra.
Estos intelectuales se dieron
a conocer como tales en las campañas de protesta contra las
detenciones y torturas infligidas en el castillo de Montjuich a
los anarquistas detenidos con ocasión del atentado del Corpus
en Barcelona y engrosaron con sus escritos la amplia literatura
regeneracionista que cundió como una plaga tras las derrotas
navales ante Estados Unidos en Filipinas y Cuba y la pérdida
de las últimas colonias. Su arma preferida fue el artículo
periodístico, el manifiesto que se pasaba a la firma, la
conferencia, el libro y, en alguna célebre ocasión,
la encuesta. No les agradaba nada la idea de formar agrupaciones,
y ni siquiera asumieron por sí mismos la iniciativa de publicar
revistas o periódicos propios. Tampoco dieron muestras de
una gran coherencia política, transitando muy rápidamente
desde discursos socialistas y anarquistas a posiciones reaccionarias
o conservadoras. Aterrados por la irrupción de la masa, desconfiaron
de su capacidad política y rompieron con la tradición
liberal inventando un relato de la historia de España , no
como una nación decaída que recuperaría su
vigor cuando el pueblo reconquistara sus libertades, sino como una
nación muerta que esperaba el día de la resurrección.
La conciencia de ser y definirse
como intelectual en estos escritores que formarán la generación
del 98 emergió como contrapunto de una visión de la
sociedad dividida en una mayoría amorfa, ignorante, pasiva,
ineducada, grosera, fácilmente manipulable por los políticos,
y una minoría dotada de inteligencia y sensibilidad, desdeñosa
de la política y formada por esas personalidades capaces
de elevar una voz individual frente a la masa. De este hecho, que
está en la raiz de la concepción que de sí
mismo tenía el intelectual a comienzos del siglo XX, se derivarán
consecuencias para la actitud que adopte ante la sociedad y la política
de su tiempo, ante todo, el extremado individualismo que alguno
de ellos elevará a categoría filosófica y del
que todos dejaron abundante testimonio. Lo individual es la única
realidad en la naturaleza y en la vida, escribió Pío
Baroja en una de sus divagaciones transcendentales. " Los que
en 1898 saltamos renegando contra la España constituida y
poniendo al desnudo las lacerías de la patria, éramos,
quien más, quién menos, unos ególatras",
reconocerá años después Miguel de Unamuno.
"Cada uno de nosotros buscaba salvarse como hombre, como personalidad",
escribe en otra ocasión, cuando se pregunte sobre el destino
de "los que hace veinte años partimos a la conquista
de una patria" y se respond a que "sólo nos unían
el tiempo y el lugar, y acaso un común dolor: la angustia
de no respirar en aquella España". Compartían
la desesperación cultural tan característica del fin
de siglo, mezcla de un dolorido nacionalismo y de una inquietud
ante la cara fea de la modernidad,, la emigración, la aparición
de las masas, la urbanización.
Esta manera de presencia en
la esfera pública tuvo inmediatas repercusiones en la concepción
de su obra como escritores, pero lo que interesa destacar en el
actual contexto son los efectos que en su relación con la
política. La primera fue la de reivindicar una función
propia, la de indicar el camino a la masa: el "animal doméstico"
que Miguel de Unamuno identifica con el pueblo necesita del pedagogo
que lo europeice. "La minoría de europeos, nacidos y
residentes en España, tenemos el deber y el derecho fraternales
de imponernos a las kabilas", dijo en un discurso pronunciado
en 1902 que paradójicamente le ha valido fama de liberal.
Martínez Ruiz, pronto conocido como Azorín, no tenía
menos clara la misión que como fatalidad impuesta por la
naturaleza de las cosas recaía sobre el intelectual: alguno
tendrá que ser el educador de la masa proterva, "y ese
educador tiene que estar alto, para imponer una enseñanza
que la masa quizá rehusara". "Es el intelectual,
-no el poeta de ojos tristes, ni el guerrero de cuartel, ni el empleado
deleznable, ni el negro sacerdote- es el intelectual quien señala
orgulloso el camino", escribe Maeztu entusiasmado por ese nuevo
ser, situado por encima de la torpeza y cobardía generales
y portador de un ideal integrador de regiones antagónicas
y clases en pugna. Y si la masa es renuente para recibir esa educación,
no quedará más que blandir "la palmeta de dómine
y el látigo del domador".
Corresponde, además,
a los intelectuales la tarea de juzgar a los políticos profesionales,
liquidando el periodo de ósmosis entre dirigentes políticos
y figuras intelectuales que -como ha señalado Carlos Serrano-
había caracterizado a la Restauración. Para estos
nuevos intelectuales, el tiempo en que los hombres de intelecto
eran al mismo tiempo dirigentes políticos ha terminado. En
ellos, el postulado de una masa infame arrastra siempre el correlato
de unos políticos abyectos. ¿Qué son los "jefes
ilustres" de los partidos sino unos "santones que tienen
que oficiar de pontifical en las ocasiones solemnes"?, pregunta
Unamuno. Hampones de la política con el cerebro vacío,
llama Baroja a quienes habían llevado a España a la
decadencia más absoluta. Y Azorín escribe: "no
hay cosa más abyecta que un político".
Por supuesto, la política
es en sí misma empresa indigna de los intelectuales, de la
gente con cerebro, pero este desprecio hacia la política
tampoco constituye una diferencia española ni habría
que vincularlo demasiado estrechamente con la Restauración
y sus políticos. Después de leer a un puñado
de autores franceses, alemanes, ingleses, se preguntaba Edward Shils
por qué "los escritores, los historiadores, los filósofos
y otros intelectuales, grandes algunos e interesantes todos ellos,
sentían tanta aversión hacia sus propias sociedades
y hacia los dirigentes que las gobernaban", y no encontraba
razón válida que diera cuenta de esa característica
universal del intelectual de fin de siglo, que en España
adquiere peculiares acentos a partir del desastre del 98 pero que
venía arrastrándose desde la frustrante experiencia
del sexenio democrático.
Como inmediata secuela de ese
horror a la masa y a los políticos que la representan, los
primeros intelectuales sustantivados se mostrarán contra
la democracia y proclives al poder fuerte. En el decenio 1890-1900,
era un lugar común considerar que Europa había entrado
en un irresistible declive arrastrada por esa nueva entidad llamada
masa. En este clima moral, no fue difícil establecer una
rápida ecuación entre masa y perversidad de la democracia.
Si la masa era número y si el número decidía
la formación de los gobiernos, entonces los gobiernos estaban
por definición afectados del mismo daño que la masa.
Una y otra vez, los autores de fin de siglo vuelven a la idea de
la democracia como dañada en su raíz por el hecho
de basarse en el sufragio universal, convicción adquirida
antes de haber podido sentir el influjo de Nietzsche, aunque reforzada
inmediatamente por las traducciones que del filósofo alemán
llegaban de Francia y por el impacto que Degeneration, de Max Nordau,
produjo entre los jóvenes literatos españoles. La
democracia, escribe Azorín comentando a Baroja, es un ensueño;
la muchedumbre ha de ser siempre regida, sojuzgada. Azorín
compartía la visión que de la sociedad había
cultivado su amigo: en la cumbre, una selección de hombres
que se regirán por el libre acuerdo; abajo, en el fondo,
estará la masa necesitada de la ley. No era dificil sacar
de estas premisas una obligada conclusión ante la que estos
literatos no se detienen: "si después de esto queremos
precisar más y determinar cuál es el regimen político
que se deduce de esta concepción de la sociedad, veremos
que no podrá ser otro que un poder fuerte, audaz, incondicional,
que se imponga al universal desconcierto de voluntades y pasiones".
"¿A santo de qué
ha de ser demócrata la aristocracia del cerebro?", se
pregunta Maeztu; y Martínez Ruiz, en un texto ejemplar aunque
no único, concretará todavía más la
pregunta: "¿Para qué votar? ¿Para qué
consolidar con nuestra blanca papeleta cándidamente al Estado?".
La respuesta no sorprenderá a nadie: tras arremeter contra
el Estado que esquilma a los trabajadores y labriegos, Martínez
Ruiz llega a la conclusión de que "la democracia es
una mentira inicua. Votar es fortalecer la secular injusticia del
Estado. Ni señores ni esclavos, ni electores ni elegidos,
ni siervos ni legisladores. Rompamos las urnas electorales y escribamos
en las encarecidas candidaturas endechas a nuestras amadas y felicitaciones
irónicas a cuantos crean ingenuamente en la redención
del pueblo por el parlamento y la democracia". Y Baroja, identificado
ya con uno de sus personajes, confesaba no saber si había
"alguna cosa más estúpida que ser republicano"
y no veía ninguna otra que "el ser socialista y demócrata".
Nada de extraño, pues, que proponga la supresión pura
y simple del sufragio universal o que alardee de hablar mal de la
democracia política, "la que tiende al dominio de la
masa y es un absolutismo del número". Unamuno, por su
parte, tras insistir en su conocida tesis de que la sociedad española
era bárbara más que degenerada, consideraba que el
problema político español consistía en una
contradicción entre cultura y libertad y reprochaba a los
liberales del siglo XIX haber luchado por ésta olvidándose
de aquella cuando, como todo el mundo sabía, "con libertad
no se hace conciencia". "¡Democracia! ¡Soberanía
popular! ¿Y qué es eso?", se pregunta escéptico
ante esas muchedumbres a las que ve dirigirse sonámbulas
y tan contentas al precipicio, a no ser que el intelectual se plante
ante ellas, las sacuda y las despierte.
Naturalmente, la actitud antidemocrática
se complementaba con la exigencia de un poder superior no sujeto
a los vaivenes de la multitud. Como si quisiera desmentir por adelantado
a la legión de estudiosos que lo presentan como un liberal,
Baroja escribió en 1903 que "en España no debemos
ser liberales". Y para que no quedaran dudas, creyendo en la
necesidad de coacción para sacar a la masa de su incultura
general, añadió: "queriendo ser fuertes no podemos
ser liberales; debemos ser autoritarios y evolutivos". La revuelta
contra la masa y contra la democracia de masa se expresó
en estos literatos transmutados en intelectuales como suspiro por
"el hombre", el "buen tirano", el "cacique
prudente y morigerado", el "tutor de pueblos", el
"héroe", el "redentor", el "superhombre"
o, más directamente, "los fuertes", el dictador
que arregle todo esto. Por cierto, los literatos españoles
no andaban solos en estas creencias. Un personaje de Knut Hamsum
afirmará lo mismo con más crudeza: "Creo en el
líder nato, el déspota natural, el amo, no el hombre
que es elegido, sino el hombre que elige por sí mismo ser
el guía de las masas".
La intelectualidad como minoría
selecta. Habrá que dejar pasar unos años todavía
para que la protesta que el intelectual pronuncia por la palabra
y el escrito, y que se difumina una vez apagados sus ecos en las
tertulias y en las páginas de los periódicos, aspire
a permanecer en el tiempo como acción continuada y sostenida
en alguna forma de asociación de intelectuales. Unos años
y algunas experiencias que modifiquen la percepción de la
relación entre intelectual y masa en la que habían
basado su presencia y su función los intelectuales durante
la crisis de fin de siglo. Entonces, el intelectual se sentía
poco seguro de su puesto en la sociedad, rodeado de una masa ignorante,
angustiado por la decadencia de la nación y la degeneración
de la raza. Afirmó enfáticamente su independencia
y, a la vez, su aislada superioridad, pero salvo ocasiones esporádicas
no se sintió parte de una categoria social, segura de sí,
disponiendo de recursos para la acción. De ahí que
lo fiara todo a su palabra, pero que renunciara, apenas ponía
manos a la obra, a la organización.
Esto es lo que cambia a partir
de 1909, año en que el sistema de la Restauración
sufrió una grave crisis a raiz de la Semana Trágica
de Barcelona y de la quiebra de la política de turno pacifico
entre liberales y conservadores; año que marca también
una divisoria en la percepción que los intelectuales tenían
de sí mismos y de la política. No por casualidad,
será otra vez Ramiro de Maeztu quien lo exprese con más
perentorios acentos. Desde julio de 1909, dijo en el Ateneo de Madrid,
sabemos que la revolución española ha empezado a operar
con independencia de nuestras clases intelectuales. Es hora, por
tanto, de pensar de nuevo qué son los intelectuales y para
qué sirven. Y Maeztu observa que los intelectuales comenzaban
a surgir en España no ya "como aerolitos venidos del
cielo y monstruos de la naturaleza, sino de un modo sistemático
y enlazándonos los unos en los otros en la cadena ideal de
maestros y discípulos".
La nueva generación
de intelectuales de la que habla Maeztu estaba formada en su núcleo
central por los jóvenes que comenzaban a salir a universidades
europeas pensionados por la Junta para Ampliación de Estudios
y que conseguían a su vuelta una plaza de catedrático
o una destacada posición en el ejercicio de su profesión.
Muchos de ellos poseían una formación técnica
y dispondían de una base institucional más firme que
la de los literatos llegados en las últimas décadas
del siglo XIX a la capital en busca de gloria y fortuna. Sobre todo,
dice Maeztu, esos nuevos intelectuales tendrán un guía
seguro en la estrella emergente a la que invita a ponerse en cabeza
y marcar el camino, José Ortega y Gasset.
Ortega, en efecto, se convertirá
casi de inmediato en el pensador de la minoría privilegiada
de esta gente joven, la que aprende alemán, inglés
o francés y amplía estudios en el extranjero. Esta
gente nueva no se cree degenerada ni disfruta tumbándose
en los cementerios, todo lo contrario. Rey Pastor, que era solo
cinco años más joven que Ortega, la recordaba como
una "generación vigorosa y optimista, extrovertida hacia
la alegria de la vida"; una generación que se había
propuesto trabajar con tesón hasta lograr "el ingreso
de España en comunión internacional de la ciencia".
Es, por cierto, lo que esa generación, que es también
la de Pío del Río Hortega, Blas Cabrera, Nicolás
Achúcarro, conseguirá en muy poco tiempo. Antes de
la Gran Guerra, ya andaban todos por Francia, Alemania, o Estados
Unidos; e inmediatamente después será habitual que
científicos europeos impartan cursos y conferencias en Madrid
y Barcelona, capitales que a mediados de los años veinte
se habrán convertido ya en paradas del circuito internacional
de conferencias. Como ha señalado Thomas Glick, a partir
de 1910 comenzaba a constituirse en España una limitada pero
muy activa comunidad científica acostumbrada al encuentro
con científicos extranjeros del calibre más elevado.
A ellos es a quienes se dirige
Ortega en su célebre alegato de 1914 contra la vieja política.
Lo hará para algo diferente a la mera protesta. En el prospecto
que anuncia la creación de la Liga de Educación Política
Española y en la conferencia que Ortega impartirá
para denunciar la vieja política y proponer la nueva, el
énfasis no recae ya en la protesta sino en la acción.
No en la acción política, si por tal se entiende la
de los partidos, sino en la que se dirige a crear "órganos
de socialidad, cultura, técnica, mutualismo, vida, en fin,
humana en todos los sentidos". No que Ortega desdeñe
la política o no quiera hacerla, sino que de acuerdo con
su percepción de la escasa densidad de la sociedad española,
la nueva clase tiene que echar sobre sus hombros una tarea previa:
hacer sociedad, organizarse como minoría selecta para educar
a la masa.
Al debate en torno a si la
clase intelectual debía formar una liga o un partido, suscitado
por Joaquín Costa a finales de siglo XIX, Ortega ofrece con
la distancia de más de diez años una respuesta clara:
una liga de intelectuales, no un partido, pues no era el momento
de hacer política como utilización de recursos para
"captar el Poder". No era el poder, ni el gobierno, lo
que importaba, sino el trenzado de la trama sobre la que después
se podrá ascender desde una sociedad más densa hasta
un Estado más eficaz. Ortega pospone la urgencia de conquistar
las instituciones, en favor de la organización de la minoría
selecta en el terreno que le es propio: la reconstrucción,
en nombre de la emergente clase profesional, de un discurso de totalidad,
un discurso de nación, que la legitime para emprender la
gran tarea de educar a la masa.
El prospecto de la Liga de
Educación Política y la conferencia "Vieja y
Nueva Política" constituyen la presentación de
esta nueva "intelectualidad" en la vida pública.
Los que eran muy jóvenes en el 98 afirmaban así su
propia identidad, tomando clara distancia de la generación
que por entonces llevaba ya colgado a la espalda el año del
desastre. Habían sustituido el ensimismamiento castizo por
una preocupación europea: fue la primera generación
que salió en masa a estudiar en universidades extranjeras.
En su mayoría, no regresaron como literatos, sino como catedráticos,
profesores, médicos, ingenieros, científicos, abogados.
A diferencia de sus mayores, tuvieron muy pronto conciencia de comunidad,
de formar parte de una elite. Criticaron de los literatos, a quienes
por lo demás admiraban, la egolatría y el exhibicionismo
y no mostraron ninguna repugnancia a la organización, antes
al contrario, sintieron como una exigencia de su condición
la necesidad de organizarse. Sin desdeñar el artículo
periodístico, se dedicaron también a escribir libros
políticos y promovieron publicaciones y editoriales destinadas
al conjunto de las clases profesionales. No experimentaron los vaivenes
ideológicos de sus mayores: fueron liberales, o nuevos liberales,
que tras acercarse al socialismo acabaron identificando democracia
con república; raramente pasaron por una etapa anarquista
o revolucionaria en su juventud. Nunca abominaron de la ciudad,
consideraron la política como una especie de destino inevitable
y no se les ocurrió renegar de la democracia. Construyeron
su discurso predominante como una variación de la gran metáfora
de las dos Españas, oficial y real, vieja y nueva, que sirviera
de figura retórica para impulsar una movilización
que abriera los caminos de un proceso constituyente.
Y para ese empeño, era
menester una Liga, una revista, un periódico. A diferencia
de lo ocurrido con anteriores protestas de intelectuales, Ortega
causó en aquel teatro de la Comedia, tal como lo recuerda
uno de sus oyentes, Ramón Carande, una enorme impresión.
Los aplausos fueron estruendosos, las adhesiones numerosas, las
promesas orales incaculables. Un joven que le escuchaba, Luis García
Bilbao, fue a verle y puso a su disposición el dinero que
había recibido en una reciente herencia con objeto de que
promoviera la política preconizada en la conferencia. Ortega
fundó con ese dinero la revista «España»
"nacida del enojo y la esperanza, pareja española",
la hacían gente, "ni del todo moza ni del todo vieja",
que había asistido desde 1898 al desenvovimiento de la vida
española sin haber recibido en ese tiempo más que
impresiones ingratas. Cuanto más patriotas éramos,
más enojo sentiamos, sigue el saludo, que acababa por preguntar
si lo que había detrás de todo aquello era un partido.
No, "no somos de ningún partido actual porque las diferencias
que separan unos de otros responden cuando más a palabras
y no a diferencias reales de opinión. Hay que confundir los
partidos de hoy para que sean posibles mañana nuevos partidos
vigorosos".
De modo que con una conferencia
lo que ahora se hace es preconizar una política, no expresar
meramente una protesta; una política que comparte un grupo
de inteectuales y que ha de buscar las vías para promoverse.
Si quienes participan de ese proyecto rehusan formar un partido,
lo lógico es que organicen una asociación y lancen
una revista: Ortega es un gran incitador de revistas: «Faro»,
en 1909; «España», en 1915, «Revista de
Occidente», en 1923, con el intermedio de «El Espectador»,
una revista personal. Pero hay algo más: convencido de lo
que en alguna ocasión llamó el poder de la prensa,
Ortega será también el primero en pensar un periódico
diario que permita a un grupo de intelectuales cumplir la tarea
de constituirse como minoría selecta. El no se prodiga en
periódicos diversos: es colaborador asiduo de uno sólo.
Lo es hasta 1917 de «El Imparcial», al que está
unido por vínculos familiares. Pero lo será a partir
de ese año de «El Sol», de cuya fundación
es parte, después de romper con «El Imparcial».
Sabe bien lo que se necesita: un diario capaz de "adquirir
el complejo organismo de los nuevos periódicos mundiales".
Para lograrlo, dos cosas le parecen imprescindibles: un fuerte aumento
del capital social y una voluntad inequívoca de mantener
la publicación libre de toda proximidad con persona o partido
político alguno. El nuevo diario, que prepara con Nicolás
Urgoiti, presidente de Papelera Española, debe contar con
capital suficiente para garantizar "la más arisca independencia"
de manera que ni halague a los poderosos e influyentes ni ceda en
las horas confusas ante la muchedumbre, forzado a acrecentar su
venta por medio de la adulación populachera. Dos peligros
que cuentan por igual para esa nueva clase, o minoría, que
pretende constituir como un especie de fermento de la masa. El periódico,
escribe Ortega, ha de ser un creador o educador de opinión,
no un siervo de ella.
Ortega llegó al nuevo
periódico con un grupo de intelectuales que se ocupaban de
distintas secciones y que mantenían por la tarde reuniones
con miembros del consejo de dirección en una sala reservada
a la que no accedían los "periodistas de mesa"
que, despechados, llamaban a aquella sala el Olimpo. Más
allá de la redacción, los colaboradores más
importantes hacían doblete al frente de las diferentes secciones
en las que quedó organizada la Compañía Anónima
de Librerías, Publicaciones y Ediciones, CALPE, otra iniciativa
de Urgoiti para la que contó con la activa colaboración
de filosófos como Ortega y García Morente, publicistas
como Luis Bello, pedagogos como Lorenzo Luzuriaga, científicos
como Ramón y Cajal, ingenieros, como Terradas.
Una gran empresa papelera,
un periódico, una editorial y unos colaboradores fijos: comienza
así a rodar lo que Ernesto Giménez Caballero dibujó
en los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera
como constelaciones de intelectuales en torno a grandes medios de
comunicación. Y ahí radicamente precisamente la novedad
que aporta la generación de 1914 a la relación de
los intelectuales con la política. Los intelectuales ya no
son figuras individuales, cada cual a la búsqueda de un periódico
o de una revista, para colocar su artículo: ahora hay una
afinidad, una cercanía moral e ideológica entre el
grupo de intelectuales que da un tono a cada gran periódico
en las secciones de opinión. Además, no son sólo
ni principalmente literatos, como ocurría con sus predecesores
del 98; entre estos del 14 hay de todo: filósofos, pedagogos,
científicos, economistas, ingenieros, que escriben acerca
de y escriben de su competencia. En tercer lugar, no viven exclusiva
ni principalmente de lo que consiguen publicar en la prensa; suelen
ser funcionarios o profesionales, muchos catedráticos de
universidad. En fin, el núcleo de intelectuales que colaboran
en el periódico será también el que asesore
o dirija otros empeños editoriales de la misma empresa y
el que se encuentre en la tertulia de la redacción de Revista
de Occcidente.
Si a la generación del
98 debe la figura del intelectual su carga de protesta, a la del
14 deberá su percepción como categoría con
una tarea colectiva que no consiste en hacer política sino
en hacer sociedad por la fundación de ligas, por la publicación
de revistas, por la presencia en medios de comunicación.
También por la salida a la política cuando las circunstancias
lo exigieran. Es lo que ocurrirá en 1930, cuando la caída
de la dictadura de Primo de Rivera anuncie la quiebra de la monarquía.
En ese año, crucial para una historia de los intelectuales
en España, todos sienten la urgencia y la obligación
de "definirse": ya no quedaban posiciones intermedias,
había que estar por la república o por la monarquía.
Y Ortega y el grueso de la generación de 1914 se definió,
unos antes y otros después, pero finalmente todos, por la
república. La consigna que cierra esta etapa provino también
de Ortega: su delenda est Monarchia data de 15 de noviembre de 1930.
Unos meses después la monarquía se derrumbaba como
resultado de unas elecciones convocadas para cambiar los ayuntamientos.
Tareas del intelectual católico.
Intelectuales de la protesta, intelectualidad como minoría
selecta: estas son las figuras de intelectual que tendrá
ante los ojos el canónigo de la catedral de Granada Rafael
García y García de Castro cuando se pregunte en 1934:
"¿Qué entendemos por intelectuales?" y ofrezca
una respuesta que vale como un tratado sobre su presencia en España:
"Desde hace algún tiempo, ese nombre ha circulado en
las corrientes de la moda y se ha aplicado por antonomasia a los
escritores de ideas o de tendencias marcadamente izquierdistas".
Para un clérigo de los años treinta, intelectual era
de tiempo atrás un escritor de izquierda, concepto éste
también cargado de sentido pues resumía en una sola
voz todo lo contrario a lo nacional, lo cristiano y lo español.
Nada de extraño, por tanto, que en los días "de
agitación y tumulto" de la República, intelectual
evocara en la mente del canónigo "el cuadro de desolación
apocalíptica, en que se abre el pozo del abismo, y sale de
él el humo que oscurece al sol y las langostas que asuelan
la tierra".
Y es que, si otra cosa no,
los intelectuales habían logrado al menos empujar la cultura
española hacia su homologación con las corrientes
predominantes entonces por Europa. Aquella europeización
por la que clamaba Costa y que Ortega convirtió en meta de
su generación se había mostrado ya en un rápido
proceso de secularización. A pesar de la abrumadora presencia
de la Iglesia, con su densa red de instituciones educativas en la
que quedaban atrapados los retoños de las clases medias,
es sorprendente hasta qué punto fue laica la cultura dominante
entre estas generaciones del primer tercio de siglo. La Iglesia
había perdido de antiguo a la clase obrera, pero su influjo
sobre el sector de la clase media que protagonizó la Edad
de Plata de la cultura española era realmente nulo.
Lo que preocupaba a los hombres
de Iglesia, sin embargo, no era tanto la distancia que aquellos
izquierdistas extranjerizantes habían tomado respecto a la
religión, como la influencia social que les atribuían
mientras los católicos quedaban al margen, "sin participar
en la gobernación del Estado". Era una percepción
compartida por los intelectuales de las dos grandes corrientes del
catolicismo político que habían asistido perplejos
a la proclamación de la República en 1931. Los que
venían del tradicionalismo y del alfonsismo, y acabaron confluyendo
en «Acción Española», daban por supuesto
que los enemigos de la religión y de la patria habían
ido ocupando todos los puestos desde los que lograron extender una
opinión pública contraria a la Iglesia: la propaganda
oral y escrita, la prensa y la cátedra quedaron en manos
enemigas. Los que procedían del catolicismo social y de la
Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP),
y se declararon accidentalistas ante las formas de gobierno, no
se distinguían un ápice en este punto de los monárquicos
tradicionalistas: decían en uno de sus manifiestos que mientras
el pensamiento católico llevaba en España un cuarto
siglo de ausencia, las fuerzas enemigas, inspiradas impíamente
por el relativismo y el evolucionismo habían podido preparar
un triunfo que se reflejaba en su dominio de las instituciones,
la administración, la prensa, la posesión del poder,
la Universidad, la calle y el cuartel.
Fuera cual fuese su procedencia,
los intelectual es católicos estaban convencidos de que,
tras medio siglo de ausencia en el campo del pensamiento, el enemigo
había conquistado todas las posiciones. Ahora bien, si la
República mostraba la profundidad del daño causado
por los intelectuales a la religión y a la patria, su existencia
misma debía servir de acicate para despertar del plácido
sueño en que vivían desde los tiempos de Cánovas.
La República, dicho de otra forma, debía entenderse,
a la manera de Angel Herrera - fundador de la ACNP y alma de «El
Debate» - como felix culpa: como "dichosa persecución
que está levantando esta magnífica reacción
católica en todo el país", una especie de azote
enviado por Dios con la doble intención de castigar a los
suyos por su pereza e inhibición y, simultaneamente, despertarlos,
llamarlos a la acción para "luchar como valientes cruzados
hasta la última trinchera".
Porque la redención
de la culpa no será plena hasta que los católicos
despierten y pasen a la acción. En este punto, de nuevo,
las posiciones de los dos principales viveros de intelectuales católicos
de los años treinta y cuarenta no estaban lejanas. Los hombres
de Acción Española entendían su misión
como una reconquista, una cruzada que restaurase la gran España
de los Reyes Católicos y de los Austrias a partir de una
nueva Covadonga. Nadie debía arredrarse ante las consecuencias
últimas de la llamada a la acción: los católicos
gozaban de un "derecho a la rebelión". Los hombres
de Acción Popular participaban de idéntica mentalidad
de sitio y compartían la visión de la tarea pendiente
como la de una reconquista del terreno cedido al enemigo. Había
que dar publicidad al pensamiento moderno y católico, lanzar
campañas orales y escritas, pelear en la avanzada de la contrarrevolución:
una reconquista, de acuerdo con el manifiesto de sus intelectuales,
que debía dar lugar a un renacimiento. Voces como guerra,
cruzada, reconquista son las que definen las propuestas de acción
emanadas de los círculos intelectuales de las dos grandes
corrientes de la política católica.
De manera que los intelectuales
católicos, fueran monárquicos o accidentalistas, compartían
algo más que el diagnóstico de una situación.
Para empezar, estaban de acuerdo en que el enemigo había
dominado todo el terreno; que ese enemigo tenía un nombre
propio, genérico, los intelectuales, traidores y claudicantes,
como los veía Pemán, o específico, la Institución
Libre de Enseñanza, cáncer que corroe a la Universidad,
nido de masones y extranjerizantes, como repetían todos;
que el propósito del enemigo consistía en descatolizar
España; que era urgente despertar y pasar a la acción,
dando batalla en todos los órdenes de la vida pública
con objeto de reconquistar las posiciones perdidas; que, en fin,
esa acción debía organizarse a partir de círculos
o sociedades que impulsaran a sus miembros a actuar de manera solidaria.
En todos estos extremos, nada diferencia al núcleo de intelectuales
de Acción Española de los que se reunen en torno a
Acción Popular.
Y es esta decisión de
pasar organizada y colectivamente a la ofensiva para conquistar
posiciones de poder desde las que imponer su política lo
que diferencia radicalmente esta manera de ser intelectual de todas
las precedentes. En España, la guerra civil y la derrota
de la República dieron lugar a la aparición de un
plantel muy especial de intelectuales comprometidos, no con el socialismo
y la Unión Soviética, sino con el fascismo y la Iglesia,
en una fusión que los más exaltados presentaban como
específica de España y camino por donde al fin habrían
de marchar todos. Pero la definición del papel del intelectual,
el tipo de compromiso, sus vínculos con el poder, y su presencia
en los medios de comunicación son idénticos. Lo que
la define es que detrás de la floración de revistas
y periódicos que le sirven de tribuna, el intelectual católico,
en mayor o en menor medida fascistizado, hay un poder de Estado
totalitario o que aspira a serlo. El intelectual está entonces
no solo al servicio de un partido o de una fe sino de una empresa
de dominación.
Por eso, cuando Franco formó
en 1938 su primer gobierno, Serrano Suñer, nuevo ministro
del Interior y hombre fuerte de la Falange unificada, encargó
a un joven intelectual fascista, Dionisio Ridruejo, la dirección
del Servicio Nacional de Propaganda del nuevo Estado. Ridruejo recurrió
entonces a un grupo de intelectuales que habían establecido
desde el comienzo de la guerra relaciones de estrecha amistad basadas
en el común ideario falangista. Pedro Laín ha contado
los encuentros, en San Sebastián, en Salamanca, en Pamplona,
en Burgos, de los que salieron "amistades para siempre".
Los amigos son Ridruejo, Torrente, Foxá, Rosales, Tovar,
Jiménez Díaz, Serrano, Vivanco, Viñamata, Giménez
Caballero, d'Ors: un puñado, pues, en el que hay de todo,
ensayistas, novelistas, poetas, médicos, filólogos.
Cuando hay que organizar el servicio de Prensa y Propaganda, esos
amigos ocupan posiciones: uno se hace cargo de ediciones, otro de
prensa, otro de propaganda, otro de radio, otro de teatro. Lo que
interesa es que son intelectuales al servicio de una causa y que
lo que escriben y propaguen, y los medios de que se valen para escribir
y propagar, tendrán el apoyo del Estado, se realizan con
recursos públicos y se ponen al servicio de la legitimación
de las instituciones del Estado.
Lucharon, conquistaron todo
el poder con una guerra por medio, y lo llenaron todo, arrasando
no sólo a los intelectuales de su propia generación
que, como Rafael Alberti, María Zambrano, José Bergamín,
habían abrazado la "causa del pueblo", sino a los
de la generación anterior, sus mayores, que hubieron de tomar
el camino del exilio o, si permanecieron en España, guardar
silencio. Como recordaba uno de estos jóvenes católicos,
quizá el menos fascistizado de todos ellos, José L.
López Aranguren, "en España no quedaron más
que los católicos, los que exteriormente pasaban por tales
o los que guardaban un prudente silencio sobre la cuestión".
Y el mismo Aranguren, que representará luego la figura del
intelectual católico disidente, escribiendo en 1957, se recreaba
en la idea de que durante un cuarto de siglo España había
asistido a una verdadera primavera católica. Prácticamente
todos los escritores de su generación -la generación
que llama de 1936, la de quienes durante la guerra fueron movilizados-
"hemos sido católicos".
Católicos por todas
partes, pues, pero católicos muy pronto divididos en confinados
y arrojados, como los definirá el mismo Aranguren, en excluyentes
y comprensivos, como lo había dicho antes Dionisio Ridruejo.
Confinados o excluyentes, los primeros transformaron el relato de
las dos Españas en el de una sola España verdadera,
vencedora de la anti-España. La guerra civil se tomó
como una especie de veridicto transcendental a la manera que la
había teorizado el episcopado español: como enfrentamiento
cósmico entre dos principios excluyentes; el triunfo de la
cruz significaba el exterminio de sus enemigos. Su léxico
fue revelador: depurar, purgar, expurgar, liquidar, arrasar. Los
arrojados o comprensivos pretendieron integrar el discurso de los
vencedores lo que fuera aprovechable de los vencidos. Cierto, se
habían equivocado, y su error había conducido a España
a la catástrofe, pero algo había en ellos susceptible
de integración en la nueva España que emergía
después de tres años de guerra.
En la desigual batalla emprendida
entre unos y otros perdieron el poder los comprensivos, aunque su
derrota política se convirtió pronto en un triunfo
moral. Desalojados del gobierno, pasarán a interpretar la
función del intelectual -del único entonces existente,
el católico- como la de crítico del poder, de todo
poder, como disidente. Pero ser disidentes hacia mediados de los
años cincuenta les abocaba a un encuentro con el exilio -del
exterior o del interior- y a abrir los oidos a la nueva generación
universitaria, la que salió por vez primera a la calle en
los sucesos de febrero de 1956 en la Universidad de Madrid. A ese
encuentro se debe la transformación del discurso de la guerra
civil, que de una guerra contra el invasor, de España contra
la anti-España, una guerra por tanto de exterminio, pasó
a recitarse como guerra entre hermanos, guerra fratricida de la
que era menester olvidarse si se pretendían reconstruir la
bases de una comunidad política. La exigencia de amnistía,
que implicaba la decisión de echar al olvido el pasado, la
política de reconciliación, el encuentro entre quienes
se identificaban como hijos de los vencedores y de los vencidos,
comenzó a formar parte del discurso de los jóvenes
intelectuales que muy pronto encontraron en su camino a esos otros
comprensivos de la generación anterior. Fue sobre ese lenguaje,
macerado en la oposición, sobre el que se construyó
luego la política de transición a la democracia, con
sus insistencia en la amnistía, la reconciliación,
la transacción, el fin, en definitiva, del discurso de las
dos Españas, viejo de más de un siglo.
En todo caso, el compromiso
de estos arrojados, de estos comprensivos, y de los jóvenes
que con ellos dialogaban, se identificó con la disidencia,
con el rechazo del poder, más que con una crítica
de la política; una identificación que quedará
luego como característica de cierto tipo intelectual español,
moralista, perezoso a la hora de criticar políticas concretas,
muy rápido en condenar el gobierno, todo gobierno, en medir
no ya a todos los políticos por el mismo rasero sino en equiparar
como similares diferentes régimenes. La medida en que finalmente
esta figura de intelectual, con su carga moralista o ética,
con su pretensión de erigirse en conciencia colectiva, en
voz de los sin voz, devenido finalmente crítico privilegiado
del poder -venga el poder de donde venga- haya pesado sobre la presencia
pública de los intelectuales durante la transición
y consolidación de la democracia es cuestión abierta.
Pero lo que parece claro es que la propensión del intelectual
a entender su función como productor de conciencia colectiva
y, por tanto, como fuente de propuestas normativas, más que
como investigador e intérprete de hechos que interesan al
debate público, es una herencia cultural de las décadas
en las que el debate intelectual más sofisticado consistió
en España en dilucidar si Ortega fue o no una factoría
de producción de ateos, cuestión que trajo de cabeza
a intelectuales tan eruditos como Pedro Laín y Santiago Ramírez,
O.P.
¿Silencio de los intelectuales?.
Con todo, los últimos 25 años liquidaron por completo
los restos de aquel monopolio cultural y dejaron a los intelectuales
españoles ante los mismos problemas que afectan a sus colegas
europeos o americanos: cambios en el campo intelectual, en los medios
de comunicación y en el mercado de la ideas. Este cúmulo
de cambios ha suscitado en la década de 1980, con la llegada
de los socialistas al poder, la impresión de que los intelectuales
habrían abdicado de su función y se habrían
retirado a sus torres de márfil; se habrían vuelto
silenciosos durante un tiempo hasta desaparecer por completo. Así
se han expresado, al menos, destacados intelectuales españoles,
que no se han cansado de repetir que los intelectuales -entre los
que no se cuentan los denunciantes- se han callado por haberse sometido
al poder.
Se trata, sin embargo, de una
impresión que confunde la desaparición del gran intelectual
comprometido, al modo en que en España se definió
el intelectual disidente, con el fin de la especie. Pero una mirada
a lo que ocurre hoy convence rápidamente de lo contrario.
Como Michel Winock observaba en una entrevista reciente, si se compara
«Le Monde» de los años 50 con el de hoy se notará
la rareza de las intervenciones de intelectuales de entonces y la
sobreabundancia ahora. Todos los días, decía Winock,
«Le Monde» nos ofrece profesiones de fe, protestas argumentadas,
análisis e indignaciones que nos llegan de profesores, ingenieros,
médicos, funcionarios, como si -y esta es la clave de la
cuestión- la función intelectual se hubiera democratizado.
Si lo que Winock decía de «Le Monde», se dice
en España, por ejemplo, de «El País»,
no habría que cambiar ni una coma: cada día sus páginas
rebosan de presencia de intelectuales que opinan de política
exterior, de política nacional, de cuestiones sociales, de
cultura. Estamos, en efecto, ante una especie de necesidad generalizada
de tomar la palabra de parte de mucha gente a propósito de
las cuestiones más variadas. En lugar de desaparecer, los
intelectuales se han multiplicado: ahí radica paradójicamente
la razón de su presunta muerte, de su desaparición.
De todas formas, la impresión
de que ya no hay intelectuales tiene que ver, ante todo, con la
expasión sin precedente de la instrucción de masa
y la elevación general del nivel de educación. El
número absoluto de profesionales, que constituye la cantera
de la que salen los intelectuales, se ha multiplicado a la misma
velocidad en que el saber universalista ha sido sustituido por el
dividido y especializado: las universidades españolas acogen
hoy a un millón y medio de estudiantes. En consecuencia,
la población intelectual aparece ahora mucho más diversificada
y polivalente, lo que de forma inevitable arrastra el fin de los
maitre a penser. En España como en Francia, el modelo del
intelectual total de tipo sartreano envejece. Como se ha señalado
en múltiples ocasiones, el discurso de los expertos hace
cadudo el de los grandes intelectuales, agravado por la crisis del
mandarinato y la pérdida de prestigio del universalista que
ahora se dirige a un público entre los que se encuentran
intelectuales mejor preparados que él.
No ha sido menos notable para
la redefinición del papel de los intelectuales la caída
del muro de Berlín, el fin del socialismo y, en consecuencia,
la crisis de las ideologías de izquierda. En España,
la figura predominante de intelectual durante el largo periodo del
tardofranquismo fue la del disidente, procediera del catolicismo,
como ocurría en la generación mayor, o viniera de
una cultura más secularizada, como era ya normal entre los
jóvenes protagonistas de las movilizaciones de 1956 y, más
de diez años después, las de 1968/69. En todo caso,
el intelectual era alguien que estaba contra el poder, lo que quería
decir que su más destacada seña de identidad, que
Aranguren erigió en axioma, era la del crítico del
poder, de todo el poder, lo que casi siempre se vinculó a
cierto grado de integración de una visión marxista
de la sociedad y de la historia.
Por eso, el desprestigio de
la vulgata marxista como ideología dominante y la ofensiva
del pensamiento liberal con la tercera ola de democratización
que afectó de lleno a España, exigió redefinir
lo que un intelectual es y lo que de él se espera. Ya no
cabía limitarse a cultivar el pensamiento de la sospecha,
el que busca en lo oculto, por debajo de la apariencia, las causas
profundas de una perversa conformación de la sociedad. Se
produjo así, como primera reacción de perplejidad,
aquella extendida sensación de silencio de los intelectuales
que caracterizó la década de 1980. Repensar los lazos
entre democracia y política; reiventar formas de debate público;
aceptar el eclecticismo, el pluralismo reconocido de opiniones,
la fragilidad de la posición propia; sustituir el dogmatismo
de la ideología por la tentativa de la búsqueda llevó
también en España su tiempo, un tiempo en que un buen
sector de intelectuales echó una nueva mirada sobre la reciente
historia con el propósito de liquidar los últimos
restos de una diferencia española: de ahí nos viene
el fin del lamento por la decadencia o la anomalia de España,
de ahí también cierta autocomplaciencia por haber
culminado lo que fue consigna de la generación de 1914, ser
como los europeos, no más, pero tampoco menos.
Fue un tiempo, además,
en que el mundo de la comunicación sufrió un trastrono
radical por la invasión de lo visual. A la vez que se mutiplicaban
las televisiones, surgieron grandes empresas de comunicación
multimedia. Las constelaciones de intelectuales que Giménez
Caballero dibujaba en 1929 girando en torno a los grandes periódicos
podrían dibujarse ahora girando en trono a grandes empresas,
con un diferencia. En 1929 se sabía quién era la figura
dominante de cada constelación, se guardaban las jerarquías.
Ahora, cuando terminaban los años ochenta, la jerarquía
podía establecerse tal vez entre empresas, no entre intelectuales:
ya no había grandes estrellas que con solo irradiar su luz
atrajeran a su órbita de influencia a otras estrellas menores.
Ahora la relación del intelectual con el medio es más
individual, más asunto de cada cual, sin que pueda repetirse
ni de lejos aquella figura de la intelectualidad como minoría
selecta que fue a propia de los años veinte. De ahí
cierta decepción en los que se tienen por grandes figuras
cuando comprueban que sus intervenciones en el debate público
sólo se cuentan como una más, que rara vez una intervención
de un intelectual suscita un alboroto Mucho se ha hablado de que
la aparición de instituciones para cultura de masas modifica
la estructura de comunicación y mediación. No será
preciso repetirlo aqui: fenómenos que han sido analizados
en Francia, Italia o Estados Unidos son perfectamente idénticos
a los ocurridos en España. Como ha señalado, entre
nosotros, Emilio Lamo de Espinosa, la mediatización del producto
ha adquirido más importancia que su naturaleza y calidad:
el acto de creación pierde importancia en favor de la comercialización,
acompañada de una gran concentración de poder en el
vértice de vastas organizaciones del mercado cultural, mientras
el intelectual sigue produciendo aisladamente. Esta transferencia
implica disponibilidad por parte del intelectual de aceptar los
vínculos sobre la naturaleza y el método de su propio
trabajo impuestos por la industria cultural de masa. Y como la mediatización
premia lo intempestivo, lo inmediato del diagnóstico, sobre
todo en el campo del análisis social, el intelectual es requerido
a producir sentencias cortas, titulares, sobre múltiples
objetos y en muy corto tiempo. Acompañado de fuertes incentivos
pecunarios, estos factores han alterado el ritmo tradicional del
trabajo intelectual y la calidad del producto: mal síntoma
que no sea ya un caso aislado el de un director de la Biblioteca
Nacional que acepta sin rubor haber copiado en sus escritos páginas
enteras de libros ajenos.
El problema no radica en uso
que intelectuales hacen de los medios. El problema es que en la
cadena de producción el mediador ha adquirido un peso enorme
frente a productor y consumidor. Junto a creador clásico,
surge el intelectual mediático como pensador del momento,
el instante, la columna, un pensamiento necesariamente débil,
no totalizador, eventualmente contradictorio. ¿Qué
hacer? El compromiso en sentido histórico es impensable:
se acabó el intelectual creador de mitos de salvación,
conciencia de la multitud, comprometido con un partido o con la
construcción de un Estado, aunque no, como hemos tenido ocasión
de comprobar en España, el que arriesga en defensa de la
victimas del terrorismo y es capaz de situarse al frente de una
movilización social, como ha sido el caso de Fernando Savater.
Pero, por lo demás, aquel gran intelectual bien acabado está.
La primera tentación, tras su mutis, es la retirada a la
torre de marfil, a la especialización. No hay en esta actitud
una abdicación moral: la extremada especialización
que requieren hoy determinados saberes puede llevar a estos intelectuales-sabios
a retraerse en aquellos temas en los que no se sienten particularmente
competentes. No que renuncien na sus derechos y deberes como ciudadanos,
ni que asomen de vez en cuando aportando su firma o prestando su
apoyo a tal o cual causa, sino que asumen su responsabilidad en
ese ámbito de la misma manera y con el mismo titulo o competencia
que un agricultor a que un electricista. En este sentido, los manifiestos
de intelectuales no debían gozar de ningún plus de
crédito o influencia.
En el extremo opuesto al intelectual
sabio, retirado en su torre de márfil, se sitúa el
intelectual mediático, con presencia muy notoria en España
debido a las dos grandes confrontaciones politicas de los últimos
años: la ofensiva de los conservadores contra los socialistas
en la primera mitad de los años noventa; la polarización
en torno a la cuestión nacional en Euskadi desde la formación
de un frente nacionalista desde 1998. El resultado de esta presencia,
de ese requerimiento, es ambiguo: de un lado, la reflexión
de reconocidos especialistas en cuestiones políticas, constitucionales,
históricas, eleva el nivel del debate público especialmente
en los medios de comunicación escritos; de otros, la notoriedad
en los medios audiovisuales se convierte en exigencia de pronunciarse
en cada momento sobre todo, lo que da lugar también a cierta
proliferación del ensayismo facil o de un periodismo de lo
verosímil, que hace estragos entre nosotros. Instataneidad,
fragmentación, omniscencia: su mejor campo en españa,
la tertulia radiofónica; su resultado impreso, el libro estacional.
Habría que explorar,
pues, un camino intermedio entre la retirada y la incorporación
complaciente a los medios de comunicación. Consistiría
en tomar de los primeros el rigor: es el compromiso moral con las
exigencias de la propia especialización, del propio saber;
pero no solo no eludir el debate público, sino enriquecerlo
en aquellos terrenos en los que se sabe competente. Como ha escrito
Timothy Garton Ash el papel del intelectual como crítico
de un gobierno democráticamente elegido no puede equipararse
al del intelectual como líder de la oposición contra
un poder externo y totalitario. Si contra este, el intelectual ha
asumido muchas veces el papel de luchador de la resistencia y sustituto
de los políticos, ante aquel no cabe más que el desempeño
de una función crítica guiado por la búsqueda
de la verdad. No es una función heroica, ni siquiera áde
guía; hoy todo es más simple: alimentar el debate
público, enriquecer el espacio de lo público en la
seguridad de que tal es la única vía para mejorar
la calidad de la democracia.
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